martes, 9 de octubre de 2012

Venganza cicatrizada


  
Estimado alguien:

Ya sabes cómo son los sueños, porque me imagino que tú también sueñas, aunque a veces creo que vives mejor que cualquiera que sueñe con una vida buena. Por vida buena me refiero a una vida en paz, tiempo de soledad y compañía bien equilibrados, familia amorosa y mente inteligente en continuo crecimiento por medio de la lectura y el conocimiento puesto en acción a través del trabajo bien remunerado. 
Pero eso es aparte, el punto es que sueñas y como soñador entenderás que a veces los sueños son realidades tangibles, hechos que suceden sólo en la mente pero que se tocan y se sienten como si fueran reales. Éste no fue la excepción y le agrego que además contenía una cronología envidiable. Pero lo que me llamó la atención no fue la calidad del sueño si no el hecho de que pudiera recordarlo cuando me bañaba a la mañana siguiente, con punta de detalle. Nunca me pasa así, siempre se me olvidan en el momento en que abro los ojos o se tornan borrosos en la memoria. 

Total, comenzaré a contarte éste sueño que me está quemando la cabeza porque quiero saber su significado y sólo puedo saberlo si lo escribo como hago ahorita, a ti. 

Estaba una joven de pelo rojo peinado en rastas, sucias y largas rastas, pero me gustó cómo se le veía. Su tez era dorada y los labios raspaban la línea del morado, pero con un toque anaranjado. Tenía los ojos grandes pero más negros que el pantalón que traigo puesto en éste momento (hoy tocaba ir formal a la escuela), ojos como de quien ha vivido una vida larga para su corta edad, ojos que retan y están siempre a la defensiva. Nunca le vi la sonrisa. 

Sus vestidos eran de otro lugar y otra época, como indígenas sin llegar a tanto, pero desgarrados, casi en taparrabos. Todo su atuendo era café, como casi  color piel. Pero lo raro no era todo lo antes descrito, lo curioso eran las cicatrices que tenía en la cara, dos líneas que comenzaban su trayecto por debajo de los pómulos y continuaban hacia el mentón, donde se unían. Las cicatrices no eran continuas, eran más bien una fila de puntos, color rojo casi café oscuro, del mismo color que sus rastas.

Toda ella combinaba, toda ella era roja, denotaba enojo, mala vibra, no sé cómo expresarlo con palabras pero me sentía mal con tenerla cerca y cuando hablaba me dejaba con mal sabor de boca. 

En fin, estaba yo, o lo que pretendía ser yo en el sueño, porque jamás me vi, yo sólo vi lo que veía mi yo del sueño. Estaba yo con ella, la cicatrizada, en un auto último modelo color plateado con interiores negros, la verdad no sé de carros pero estaba hermoso y por ende supongo que era último modelo. Íbamos a toda velocidad y estábamos huyendo de sabrá Dios qué pero me daba mucho miedo que nos fuese a encontrar. Éramos amigas, la cicatrizada y yo, de esas amigas que sabes que no son buena influencia, que te sacan lo peor de ti y que mueres porque salga de tu vida pero no haces nada al respecto. De esas, ya sabes cuáles, y si no sabes, afortunado tú.

Llegamos a una casa en ruinas, con jarrones floreados como esos que acostumbran tener en el patio las casas con decoración mexicana. Casi llegaba a lo burdo, con plantas marchitas, piso roto y ventanas empolvadas. Era de día pero no tardaba en anochecer, lo supe porque la luz cada vez se iba haciendo más tenue. 

Cuando llegamos, brotó de mi una parte de mi personalidad que me caracteriza en la vida real: Mi curiosidad. "¿Por qué tienes esas cicatrices?" - Le pregunté a mi amiga - "Éstas no son cicatrices, mis cicatrices están en la espalda". ¡¿ÉSAS NO ERAN CICATRICES?! Pues entonces ¿qué eran?

Como si se sintiera apenada por ellas, se destapó la espalda y me mostró un laberinto de cicatrizaciones dermatológicas que cubrían el 90% de su espalda baja y toda la parte superior. Eran como víboras que se entrelazaban entre sí y seguían caminos sin alguna forma definida. 

"Esto me lo han ido haciendo todas esas personas que ahorita me perseguían, - me respondió a la pregunta que yo estaba pensando - son de todas las veces que me han lastimado y pegado, por eso me tatué en la cara el camino de lágrimas, para que no se me olvide nunca lo que me hicieron y para recordarme a mí misma, todos los días, que tengo que vengarme de ellos."

Está bien, confieso  que no me acuerdo perfectamente de éstas palabras, pero sí recuerdo que esto fue lo que entendí cuando me explicó, eso es lo que entendí cuando vi sus cicatrices en la espalda y me di cuenta de que sus tatuajes, en la cara, se veían aún peor.

De pronto, de la nada, tumbaron la puerta de ésta casa, unas sombras que parecían ser de unos ninjas. "¡Véngate! - le grité sin pensar mucho en lo que decía (como suelo hacer en la vida real) - ¡son los que te hicieron las cicatrices!". Ella se fue corriendo asustada, qué digo asustada, la mujer estaba muerta de miedo. Huyó por una puerta y me dejó sola contra las sombras de ninjas. Lo último que me acuerdo antes de despertarme es que estaba peleando con ellos y yo no iba ganando.

Fin del sueño, inicio de la interpretación.

Pienso que el tema principal de mi sueño es la venganza. Los tatuajes que la joven tenía en la cara se veían aún más feos que sus cicatrices en la espalda. Esto se traduce en cómo nos aferramos a quienes nos hicieron daño y pone en evidencia el mal que te hace tener ese rencor, porque aunque las cicatrices ya no sean visibles para los demás o para ti (por eso estaban en la espalda), la sed de venganza te deforma, te hace ver fea y te marcan de una manera en que todos pueden notarlo (como las lágrimas tatuadas en los pómulos hasta el mentón). 

Creo que el hecho de que yo fuera amiga de ésta chava habla un poco de cómo yo, en la vida real, puedo llegar a pensar que la venganza es buena, pero evidentemente, al final te deja sola igual que la cicatrizada me abandonó a mi después de crearme miedo.

No sé bien por qué tenía un carro último modelo, quizás porque se hizo pasar por atractiva. Porque vengarte puede ser atractivo, es como la manera más fácil y cómoda, quizás muestre comodidad, de resolver un problema. 

Y al final, cuando la cicatrizada huyó, muestra cómo en realidad estaba corriendo de quienes se quería vengar porque al no poder perdonarlos, se hizo débil y les dio la fuerza del miedo. No sé, la escena final, yo peleando contra las sombras, pienso que es la lucha diaria del perdón, tanto de mi misma por querer vengarme, como el perdón a ellos por hacer las cicatrices. Quizás al final yo me quedé peleando contra las sombras, aunque ellos no me habían hecho nada, porque en realidad las cicatrices eran imaginarias, quizás por eso la chava huyó, porque no existía, tal vez no existía el daño y yo me lo había imaginado todo.

Éste sueño me enseñó que muchas cicatrices se borran en el momento en que dejas de pensar en ellas, de buscar la venganza o de buscar que te pidan perdón. Me vuelve a recordar que no soy quién para esperar el perdón de nadie porque yo soy quien me hago daño. En conclusión, el rencor es un modo de venganza inútil, sin sentido, que perturba, que mancha el rostro y que al final de nada sirve.

Es todo, por fin lo entendí bien, o al menos esa es mi interpretación de los hechos. Ojalá los sueños se pudieran grabar en video, sería una buena película con enseñanza básica pero que es bueno recordar de vez en cuando. 


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