Estimado alguien:
Ya
sabes cómo son los sueños, porque me imagino que tú también sueñas, aunque a
veces creo que vives mejor que cualquiera que sueñe con una vida buena. Por
vida buena me refiero a una vida en paz, tiempo de soledad y compañía bien
equilibrados, familia amorosa y mente inteligente en continuo crecimiento
por medio de la lectura y el conocimiento puesto en acción a través del trabajo
bien remunerado.
Pero eso es aparte, el punto es que
sueñas y como soñador entenderás que a veces los sueños son realidades
tangibles, hechos que suceden sólo en la mente pero que se tocan y se sienten
como si fueran reales. Éste no fue la excepción y le agrego que además contenía
una cronología envidiable. Pero lo que me llamó la atención no fue la calidad
del sueño si no el hecho de que pudiera recordarlo cuando me bañaba a la mañana
siguiente, con punta de detalle. Nunca me pasa así, siempre se me olvidan en el
momento en que abro los ojos o se tornan borrosos en la memoria.
Total, comenzaré a contarte éste
sueño que me está quemando la cabeza porque quiero saber su significado y sólo
puedo saberlo si lo escribo como hago ahorita, a ti.
Estaba una joven de pelo rojo peinado
en rastas, sucias y largas rastas, pero me gustó cómo se le veía. Su tez era
dorada y los labios raspaban la línea del morado, pero con un toque anaranjado.
Tenía los ojos grandes pero más negros que el pantalón que traigo puesto en
éste momento (hoy tocaba ir formal a la escuela), ojos como de quien ha vivido
una vida larga para su corta edad, ojos que retan y están siempre a la
defensiva. Nunca le vi la sonrisa.
Sus vestidos eran de otro lugar y
otra época, como indígenas sin llegar a tanto, pero desgarrados, casi en
taparrabos. Todo su atuendo era café, como casi color piel. Pero lo raro
no era todo lo antes descrito, lo curioso eran las cicatrices que tenía en la
cara, dos líneas que comenzaban su trayecto por debajo de los pómulos y
continuaban hacia el mentón, donde se unían. Las cicatrices no eran continuas,
eran más bien una fila de puntos, color rojo casi café oscuro, del mismo color
que sus rastas.
Toda ella combinaba, toda ella era
roja, denotaba enojo, mala vibra, no sé cómo expresarlo con palabras pero me
sentía mal con tenerla cerca y cuando hablaba me dejaba con mal sabor de
boca.
En fin, estaba yo, o lo que pretendía
ser yo en el sueño, porque jamás me vi, yo sólo vi lo que veía mi yo del sueño.
Estaba yo con ella, la cicatrizada, en un auto último modelo color plateado con
interiores negros, la verdad no sé de carros pero estaba hermoso y por ende
supongo que era último modelo. Íbamos a toda velocidad y estábamos huyendo de
sabrá Dios qué pero me daba mucho miedo que nos fuese a encontrar. Éramos
amigas, la cicatrizada y yo, de esas amigas que sabes que no son buena
influencia, que te sacan lo peor de ti y que mueres porque salga de tu vida
pero no haces nada al respecto. De esas, ya sabes cuáles, y si no sabes,
afortunado tú.
Llegamos a una casa en ruinas, con
jarrones floreados como esos que acostumbran tener en el patio las casas con
decoración mexicana. Casi llegaba a lo burdo, con plantas marchitas, piso
roto y ventanas empolvadas. Era de día pero no tardaba en anochecer, lo supe
porque la luz cada vez se iba haciendo más tenue.
Cuando llegamos, brotó de mi una
parte de mi personalidad que me caracteriza en la vida real: Mi curiosidad.
"¿Por qué tienes esas cicatrices?" - Le pregunté a mi amiga -
"Éstas no son cicatrices, mis cicatrices están en la espalda". ¡¿ÉSAS
NO ERAN CICATRICES?! Pues entonces ¿qué eran?
Como si se sintiera apenada por
ellas, se destapó la espalda y me mostró un laberinto de cicatrizaciones
dermatológicas que cubrían el 90% de su espalda baja y toda la parte superior.
Eran como víboras que se entrelazaban entre sí y seguían caminos sin alguna
forma definida.
"Esto me lo han ido haciendo
todas esas personas que ahorita me perseguían, - me respondió a la pregunta que
yo estaba pensando - son de todas las veces que me han lastimado y pegado, por
eso me tatué en la cara el camino de lágrimas, para que no se me olvide nunca
lo que me hicieron y para recordarme a mí misma, todos los días, que tengo que vengarme
de ellos."
Está bien, confieso que no me
acuerdo perfectamente de éstas palabras, pero sí recuerdo que esto fue lo que
entendí cuando me explicó, eso es lo que entendí cuando vi sus cicatrices en la
espalda y me di cuenta de que sus tatuajes, en la cara, se veían aún peor.
De pronto, de la nada, tumbaron la
puerta de ésta casa, unas sombras que parecían ser de unos ninjas.
"¡Véngate! - le grité sin pensar mucho en lo que decía (como suelo hacer
en la vida real) - ¡son los que te hicieron las cicatrices!". Ella se fue
corriendo asustada, qué digo asustada, la mujer estaba muerta de miedo.
Huyó por una puerta y me dejó sola contra las sombras de ninjas. Lo último que
me acuerdo antes de despertarme es que estaba peleando con ellos y yo no
iba ganando.
Fin del sueño, inicio de la
interpretación.
Pienso que el tema principal de mi
sueño es la venganza. Los tatuajes que la joven tenía en la cara se veían aún
más feos que sus cicatrices en la espalda. Esto se traduce en cómo nos
aferramos a quienes nos hicieron daño y pone en evidencia el mal que te hace
tener ese rencor, porque aunque las cicatrices ya no sean visibles para los
demás o para ti (por eso estaban en la espalda), la sed de venganza te deforma,
te hace ver fea y te marcan de una manera en que todos pueden notarlo (como las
lágrimas tatuadas en los pómulos hasta el mentón).
Creo que el hecho de que yo fuera
amiga de ésta chava habla un poco de cómo yo, en la vida real, puedo llegar a
pensar que la venganza es buena, pero evidentemente, al final te deja sola
igual que la cicatrizada me abandonó a mi después de crearme miedo.
No sé bien por qué tenía un carro
último modelo, quizás porque se hizo pasar por atractiva. Porque vengarte puede
ser atractivo, es como la manera más fácil y cómoda, quizás muestre
comodidad, de resolver un problema.
Y al final, cuando la cicatrizada
huyó, muestra cómo en realidad estaba corriendo de quienes se quería vengar
porque al no poder perdonarlos, se hizo débil y les dio la fuerza del miedo. No
sé, la escena final, yo peleando contra las sombras, pienso que es la lucha
diaria del perdón, tanto de mi misma por querer vengarme, como el perdón a
ellos por hacer las cicatrices. Quizás al final yo me quedé peleando contra las
sombras, aunque ellos no me habían hecho nada, porque en realidad las
cicatrices eran imaginarias, quizás por eso la chava huyó, porque no existía,
tal vez no existía el daño y yo me lo había imaginado todo.
Éste sueño me enseñó que muchas
cicatrices se borran en el momento en que dejas de pensar en ellas, de buscar
la venganza o de buscar que te pidan perdón. Me vuelve a recordar que no soy
quién para esperar el perdón de nadie porque yo soy quien me hago daño. En
conclusión, el rencor es un modo de venganza inútil, sin sentido, que perturba,
que mancha el rostro y que al final de nada sirve.
Es todo, por fin lo entendí bien, o
al menos esa es mi interpretación de los hechos. Ojalá los sueños se pudieran
grabar en video, sería una buena película con enseñanza básica pero que es
bueno recordar de vez en cuando.